VIII. Tera (Amor)

Causa y atributo esencial de la creación, el amor
es la llama de la libertad, «Tăra əmərghi n ălăllăg»,
donde el ser encuentra y realiza su naturaleza divina,
más allá del deseo, la necesidad o la voluntad.
A pesar de que su expresión humana se presenta
con frecuencia condicionada y voluble, denota sin
embargo una inclinación intuitiva del ser hacia
la recuperación de esa plenitud sutil. En tanto
se busca fuera de sí mismo y se comparte, el
amor también se reconoce en la identidad
espiritual de cuanto existe.

«Timor tiwalá namase itá49. Aunque sin pasión no ocurre ninguna experiencia productiva, la intención y la voluntad sólo se nutren de motivaciones creadoras cuando en el ánimo arraiga la templanza, el delicado equilibrio entre la consciencia del tiempo que requiere cada acto para ser completo y la audacia de buscar la verdad en cualquier expresión de la vida», —se despidió afable Tanure mientras cruzaba el atrio del templo en su camino hacia el cielo.

El joven admiró la primera claridad, antes una sensación que un lienzo. Apenas una brisa fresca envolvía el silencio. Aquella luz perfecta poseía una consistencia íntima, única, viva. Emergía despacio. Abrió los ojos, pero retuvo todavía algunas pulsaciones más la vuelta a su carne, ahora ya casi tangible. «La experiencia humana del espíritu madura en el vientre solar, el fuego creador de Dios que es también su cuerpo y su destino. Ur teja tenai. Temus tejafa, temus afa»50, palpitaba la enseñanza del tigor en el sueño de mi pecho.

Los compañeros no tardarían en llegar al santuario de El Vigía para proceder con el ceremonial del alba. Khepri51 estaba a punto de renacer en el loto. Guardé la Piedra entre mis ropas, disfruté un pequeño rastro de nostalgia y me dispuse a preparar las ofrendas. Había conseguido avivar un mensaje en mi despertar de un futuro quizá terminal: «Emawalen nawalen anewot»52, rememoré, adormilado pero aún lúcido, cuando la alarma de un coche comenzaba a resquebrajar las últimas horas de la madrugada. Aquellas palabras, de timbre neutro y seguro, carecían de rostro, pero en modo alguno sonaron distantes. Había algo propio en ellas, como esa tonalidad un poco ajena y reconocible a la vez en la que nos vibran los pensamientos.

Y, de nuevo, sentí la voz del Maestro como una presencia: «Amasen man. Cuando te pierdas, recuerda el corazón de la vida. Temmpou53».

«mas la imagen apenas visible
de los versos
sólo habita la causa siempre frágil
de los actos enteros»

No levantó sospechas entre los extranjeros, abandonados por costumbre a la soberbia que urgen el prejuicio y la inclemencia. Un bárbaro, por mucha destreza que extrajera de la escueta vara que portaba, no se atrevería a intentar nada contra cinco religiosos y seis soldados, asistidos además por el guañameñe de la comarca y los tres samarines que habían preparado el oratorio de la colina para la ocasión54. Pero, aun así, detuvieron el ritual y todos volvieron la mirada hacia él.

Tilar reconoció la espesura del mal que aquellos extraños habían invocado con su exorcismo. Dos pebeteros de hierro esparcían vaharadas pestilentes que flotaban cenagosas entre los raptores, aunque consiguió localizar el cuerpo de la niña junto a una de las cazoletas labrada en una especie de escalón rocoso.

La figura yacía sin contorno, desnuda, lívida, con la mitad de la cara hundida en una negra masa de tierra y sangre que manaba de su nariz. Avanzó hacia ella casi guiado por el dolor. El guañameñe, confiado en dominar la situación con el valor de su rango, hizo ademán de interrumpir sus pasos, pero el guerrero del sol le clavó unos ojos ya vacíos justo al tiempo que le señalaba con la mano del poder. Con ese gesto, pareciera que toda la maldad concentrada en aquella liturgia se hubiera precipitado de repente contra un augur que, demudado por el terror, cayó sobre sus rodillas antes de rendir el alma.

En ese momento irrevocable, el silencio pertenecía por completo al sesgo del mal. Tilar recogió el cuerpo de la niña, lo cargó en sus brazos y se dirigió a la playa. Sabía que acunaba el final de un tiempo, la conclusión en la sangre alible de una estirpe eternal.

«creímos que era hermoso
desatar la noche
cruzar el alma nueva conjurados
subir el rostro cierto hasta el abismo
y descifrar la huida
donde todo comienza»

—El inconveniente radica en juzgar —ponderó Tanure—. Dejas de ser cuando juzgas, porque antepones criterios, estimaciones, conjeturas al cumplimiento de tu legado. Los imeraken55 vivimos un don, somos una virtud de la creación y, en cuanto tal, no elegimos a quién o dónde hemos de impartir esa gracia, de la misma manera que la lluvia o cualquier otra fuerza de la naturaleza se entrega sin reservas. Incumbe a cada criatura recibirnos como un desgarro o como un deleite, algo que depende muy a menudo de lo que esto remueva sus miedos, prejuicios o apegos.

«en la urdimbre del barro
donde espera un designio
para asirse del fuego
tan sereno
consternado
y enhiesto y desolado»

Lloraba destruido cuando la arena recibió mis huellas. Me detuve un instante para invocar la gracia de la creación y bendecir a la pequeña, que ahora acariciaba el amor de aquellas lágrimas con las fuentes celestes de su origen. Tilar besó la sangre de sus labios y se adentró en el mar. Tatut acomodó el rostro contra el pecho del guerrero sagrado y dejó que un murmullo infinito del mar la impulsara de regreso al corazón de la vida…

«con los ojos de amar
todavía encendidos»

—¡Qué absurda ficción esa idea de un vacío sin aura! —corrigió Massusem a una de sus maguadas—. Tampoco vemos las palabras o las risueñas melodías que Aneia56 hace brotar de su flauta o el bronco rugido atormentado de las ánimas que sufren en las profundidades, pero cualquier sonido vendrá hasta nosotras si nada lo reprime. Mueve un simple dedo en el agua y enjambres de rizos la cruzarán hasta donde se lo permitan sus fuerzas o las orillas que surjan en su travesía, porque fluyen por una sola naturaleza. En el vacío habita la respiración de Dios.

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49 En notación filológica: Timmor tăwalăt, namaš ittâ. Que se traduce: «El buen hacer consigue, el anhelo devora».

50 En notación filológica: Wər-tăḥa aḍănay. Təmust təḥa ăfa, təmust afa. Que se traduce: «No está en el tiempo. Quien eres está en la luz, es la luz».

51 Ḫpr (‘él se desarrolla o genera, se hace realidad, se transforma a sí mismo’), dios del sol naciente, representado como un escarabajo alado. Desde muy antiguo, se le vinculó también con el loto primordial, la flor que se hunde cada noche en la obscuridad del caos y renace con la alborada.

52 En notación filológica: Emawalăn n awalăn a newoḍ. Que se traduce: «[Somos] Vigilantes (o cuidadores) de las palabras mientras (o hasta que finalmente) llegamos al destino».

53 Ammas ən-man (‘el ser espiritual, el fondo del alma’). Ḍən əffăw (‘iluminación interior’).

54 Wa-n-amənzaz (lit. ‘clarividente’), jefe religioso. Zammarin (lit. ‘poderoso’), miembro de un grupo de sacerdotes dedicado al culto y la adivinación.

55 Imarakăn, plural de əmarak (lit. ‘santos que residen en cada uno de los puntos cardinales’).

56 Anăya (‘ritmo musical’).

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