VII. Temâra (Virtud)

En la quietud del alma, el ser reconoce su
destino. A la fuerza y determinación del ánimo,
confía su realización solvente. Pero sólo la rectitud
de los actos devuelve la certeza del camino
que crea la liberación del Espíritu.

—Dios está poniendo en serio peligro a sus criaturas más vulnerables e inocentes —estalló Tilar, con la mirada quebrada y todavía aturdido por lo que había visto en la Piedra—. No permitiré que el mal se apodere de nuestra luz. Nada de cuanto hacemos detiene la iniquidad que esparcen los extranjeros. Con la espada o con el palo en el que mataron a su… salvador, llegan cada vez en mayor número para esclavizar, corromper, destruir cualquier forma de existencia, cualquier latido de una creación que necesitan dominada para cebar su codicia y extender su poder. La luz, hoy más que nunca, depende del fuego. Hemos de exterminar la amenaza por todos los medios posibles, purificar la tierra y restablecer el camino de la realización espiritual que nos ha fecundado —añadió vacío, consciente de haberse perdido, quizá para siempre, con aquellas palabras.

—No estamos, hermano, para interpretar la voluntad de Dios —recordó Massefa, con una fría mueca de reproche y decepción en el lado del rostro que no le había quedado paralizado como consecuencia de los golpes recibidos durante el asalto.

—Ni tampoco para hacerla cumplir, porque la luz se basta para dar vida a la semilla —intervino Tanure, visiblemente enojado con el discípulo al que había instruido en la fuente del ser y la virtud—. Nosotros cultivamos la bendición divina —dijo antes de redimir el silencio.

—Pues me condenaré defendiendo la tierra sin la cual ninguna semilla será —resolví, cediendo de nuevo a la ofuscación que tan a menudo me había apartado del corazón.

—Ya sólo queda una salida, la única forma de preservarnos —terció Hachiná, para poner fin a la discusión—. Ve con ellos y muéstrate. Luego, haz lo que tengas que hacer —selló su esperanza la última maestra rectora que tendría la Escuela.

Todas, mujeres y niñas, murieron delante de mis ojos…

«y qué sabemos nosotros
del dialecto mineral de las aldabas
o de la ronca tortura
que devana este exilio»

—Nunca un espíritu puro decide su vuelta, sino que es llamado —deslizó Clara desde el otro lado de la mesa—. La debilidad fue no confiar en que Dios encontraría la manera de hacerla volver sin necesidad de precipitar los acontecimientos.

—Sospecho, tal vez para consolarme —confesé—, que creía ser un instrumento de esa intención divina. Si en algo me asemejo al de entonces, temo que vi llegado el final, el desenlace de la oportunidad que disfrutamos en estas islas, y concluí que el sacrificio nos liberaría.

—Soluciones terminales —dictaminó Alejandro, con esa porción de sarcasmo que él despachaba como sutilezas combativas—. Ustedes los curas siempre haciendo lo posible por quitarnos las penas de un hachazo. Por lo menos, yo me infiltré en las filas del enemigo para desbaratar sus propósitos desde dentro.

—Con el éxito atronador que reconoce la historia a nuestro excelso guerrero de la Dehesa—ironizó Clara con el apellido que el Alejandro del pasado acabó por adoptar en la sociedad hispana al no poder regresar al Archipiélago.

—Ah, no empiecen con los piques entre ustedes, que todavía queda ron en el inframundo —zanjó Irenia, causando una explosión de carcajadas que, con seguridad, nadie hubiera podido despejar qué tanto se debía a la ocurrencia y cuánto a la autora, una mujer tan discreta que la mayoría de las veces daba la impresión de haber encarnado como oyente.

«a quién alivia ahora
un recuerdo que dibuja intacta
la furia de las manos»

Había perdido sentido. Ahora sabía con seguridad que no podía hacer nada por ellas. Seguía dispuesto a entregarles la salvación de mi alma, pero el destino no contemplaba esa opción. Así que, por desgracia, este relato apenas me serviría de terapia. Y lo abandoné durante bastante tiempo. Siempre me costó dirigir los pasos hacia un horizonte de satisfacción sólo personal. Supongo que se debía a esa latente condena emocional que nos produce la disimulada constancia del daño engendrado, pero he vivido convencido de no merecer la felicidad y, en realidad, ni creerla posible o necesaria. ¡Quién conoce el libreto!

Continuar adelante sin un motivo, ese era todo el plan, que, por alguna extraña circunstancia, tampoco me atrevía a contrariar. Por eso, me entregué sin reparos a la idea de la extinción, no de la muerte, sino de la desaparición absoluta. Pensaba que, si se lo pedía con la convicción suficiente, Dios aceptaría efectuar una excepción en las leyes de la termodinámica o que, en suma, tendría una manera de evitarme más regresos a esta bola loca. Bueno, para ser honestos, la antesala de esa solicitud fue una ira obcecada y yerma que destilé por igual contra lo sutil y lo mundano durante algo más de un año. Ignoraba entonces que la decisión de «volver a las tinieblas» había sido mía…

Todavía, cuando redactaba el borrador de estas líneas hace unos meses, lo hacía con el secreto deseo, como un conjuro, de que terminase conmigo para siempre.

Aintiwaná tarik washanimak47 —rescató Alejandro una de las sentencias que nuestros guías del Otro Lado le habían concedido.

«Un acto cualquiera parece siempre cosa de un instante, pero sólo concreta una secuencia de otras experiencias y pensamientos, un proceso que a veces dura toda una vida… o incluso muchas más. Por eso, tomar distancia de uno mismo, separarse del personaje encarnado en cada ocasión, ayuda a que el sentimiento no nuble la consciencia y esta tienda a vivir lo más cerca posible del espíritu», brotaron de pronto unas palabras en las que advertí las aguzadas razones de mi maestro.

Pero había perdido incluso la curiosidad. Ni siquiera me importaba dejar la vida con algunas interrogantes muy tenaces y atractivas. Por ejemplo, jamás he alcanzado a entender cómo les da por pensar que uno sabe o recuerda algo acerca de quién es o lo que ha hecho. Imagino que así debe de vivir un amnésico, con la gente pendiente de que haga o diga conforme al personaje que ellos han tratado.

Tawe nam inhibi zulam48 —puntualizó Íride.

—Complicado que el miedo no trence excusas y tolerancias nocivas, que la costumbre no se confíe a la inercia —razonó Irenia—. Pero cada encarnación es un viaje único del ser que aprende a ser. Exaltar la personalidad y las condiciones creadas para el tiempo, atarse a ellas y su apariencia de realidad objetiva sólo ahonda el extravío, la desmemoria, la escisión entre aquellas magnitudes humana y divina que, con todo, se recuerdan y no dejan de buscarse.

—No nos equivocamos —matizó Alejandro con un resto de amargura—, sólo perdimos. Hicimos lo correcto, pero nuestro tiempo había terminado.

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47 En notación filológica: Ayən tiggana tarək waššan əmmək. Que se traduce: «La impaciencia por superar el sentimiento de culpa [es] causa de irritación».

48 En notación filológica: Ṭăwăt enam enhəggi zzulam. Que se traduce: «Olvida el apego y haz fluir la armonía».

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