VI. Tălwit (Sosiego)

Sosiego que nace de la aceptación y
cultivo de las naturalezas divina y humana
que identifican al ser encarnado. El conocimiento
y vivencia de lo concreto que se eleva hacia lo
sutil como realización trascendente del Espíritu.
Equilibrio de la mente y las emociones a
través de la iluminación del corazón.

A tanta distancia no se distinguía muy bien. Un bulto terroso y pendular que, al asomar por una loma, dilataba la factura hasta convertirse en un gigante y, acto seguido, a medida que torcía algún recodo del paisaje, descomponía la silueta como la manteca al empezar a fundirse. Pero todas habían adivinado al primer vistazo que Imasan38, la vieja yerbera errante, descendía por el valle su cargamento de aromas, sigilos y sarcasmos.

Vagaba por la isla con una cabra indescriptible, imponente como una montaña, briosa como una mañana estival y, pese a surcar la abrupta geografía insular atestada de fardos, plantas y aperos, feliz como nadie recordaba haber descubierto jamás a su rara compañera de singladura. Imposible averiguar con certeza la edad de ninguna de las dos, pues tampoco se supo que alguien pudiera dar noticia alguna acerca del origen de aquella mujer convencida de no tener raíces en este mundo.

Gustaban de ir y venir sin afincarse más de una estación en un lugar, período que Imasan solía reservar para las ocasiones en las que se detenía a sembrar y dispensar los primeros cuidados y plegarias a las criaturas vegetales que, según pregonaba con orgullo, completaban su familia. «Ah asishá Magheq»39 —se le oía entonar a las plantas con más cariño del que hubiera concedido alguna vez a un ser humano.

—¿Qué estás cociendo? —le preguntó una de las niñas, muy atenta al trajín que arrebujaba Imasan con los matos, esquejes y cazuelas—. Huele raro —dictó con una mueca impresa más por el desconcierto que por el rechazo.

—Aliño un incienso para expulsar a unos genios molestos que se han instalado en una casa de la montaña del naciente como si fuera suya —respondió la yerbera, que no interrumpió por ello las labores en las que destilaba el arte de una sabiduría arcana.

—Eso que echas es lentisco, ¿verdad? —señaló la pequeña, que ahora sí había conseguido trocar en sorpresa el desdén inicial de la mujer—. Lo sé porque Massuder me lleva cuando sale a recoger sus dones, como ella dice, y me deja que la ayude cuando elabora el «aceite de la unión», que así llama a la untura para el rito del kartaró40.

—Sabes mucho tú… —rumió Imasan con cierta desconfianza.

—Sé que no hay incienso capaz de expulsar a los genios malignos del alma —le devolvió la pulla con una sonrisa pícara.

«el latido se busca fuera de sí mismo
y se aparece en la hierba
cuando siente muy cerca
la secreta ceniza que humedece los huesos»

El cielo había amanecido despejado, con ese tinte azul tan diáfano que abraza el ánimo y lo acompasa a la pureza de los días, pero la brisa incisiva de la cumbre parecía decidida a impedir que olvidáramos el motivo del regreso. Pensativos, emprendimos el descenso por la angosta corriente de picón que orlaba el flanco norte de la Caldera del Flamenco. «Todo lo efímero es un puente hacia la eternidad», presentí que honraba un obsequio.

—¿Has podido traducir algo de esas inscripciones? —aludió Alejandro al panel grabado en el escarpe que caía hacia el abismo.

El formidable granero había sido excavado en la pared de la misma tosca blanca que, pulverizada, se empleaba para el mirlado de los cadáveres, pues regala la virtud de guarecer cualquier envoltura de la vida. Arriba, en la planta superior que acogía los silos, alguna de las mujeres de aquella comunidad vivificante había labrado lo que parecía una impetración.

—La erosión ya no permite ver las letras con claridad —le enseñé fotografías, calcos y apuntes a un Alejandro que ardía de entusiasmo cada vez que pisaba alguno de esos lugares donde demoraba su recuerdo—. Pero creo que he podido rescatar el valor de esos dos fragmentos más legibles de la derecha. ¿Ves ahí? —le acoté las secuencias—. En sentido ascendente, ese grupo contiene las letras S y Z41, que en un principio tomé por un anuncio de la época del año en la que se agostaba el herbaje y comenzaba la exudación natural de una planta excepcional, el lentisco, verdadera joya de nuestra flora.

—¿Puede tratarse de un arbolito con frutillos rojos? —preguntó Íride emocionada.

—Claro —contestó Alejandro—. Al principio, porque luego toman un color más negruzco. La isla está llena.

—Pues… yo diría que estás en lo cierto —nos explicó Íride su visión—. He percibido algo que era como una pócima o un remedio. Se recolectaban, se tostaban, se exprimían y de esa manera se obtenía una especie de aceite que se untaba por todo el cuerpo. No se hacía un día cualquiera. Es curioso que esté en relación con la planta y la sensación que me produjo oler los frutos.

—Ya me gustaría que las piezas ensamblaran así de bien, pero equivoqué la lectura. Demasiadas variables que deslindar —me excusé—. Aunque la alternativa que ando royendo ahora, bueno, acaso sea una locura, pero al menos desde un punto de vista simbólico… En fin, que, como la bosquejo, habla de dar un feliz desenlace al embarazo. Y, vaya, es un silo, son semillas… Pero este otro sintagma vuelve sobre lo mismo. Mira, aquí se lee: NDMFZ42, que subraya esa especie de invocación o invitación al pleno desarrollo de la gestación, porque ese sufijo personal -(i)m requiere una mujer que reciba y propague la luz derramada en ella.

Las cosechas de toda la caldera, un embrujo volcánico que forjara su propia isla, eran depositadas en aquellos ojos colosales abiertos en la sección superior del cráter, aunque no por ello accesibles desde la parte alta. La ruta del cantil, única forma de salvar el profundo desnivel que mediaba entre la cumbre y el lecho, exigía abordar la cueva por su base, desde un nivel inferior al que alojaba las despensas y habitaciones de las maguadas, mujeres que habían consagrado su voluntad al auspicio de las fecundas bondades fortificadas en aquella estancia. Un sencillo agujero comunicaba las dos alturas, de modo que, en caso de peligro, bastaba con obstruir esa entrada calzando una laja ni siquiera muy recia, porque cabía incluso la argucia de volcar sobre ella leños y rocas incandescentes que frenaran cualquier empuje de la cubierta desde abajo.

—Ahí, precisamente ahí, dentro de esa pequeña gruta triangular —apuntó Íride hacia la extraña boca esculpida al filo mismo del camino—. Awenit, me resuena ahora su nombre. ¿Te dice algo?

—Deja que la neurona recuerde quién le paga… —me esforcé por ventilar alguna referencia útil—. Creo que… Hay una voz, hawánit. En la antigüedad continental, he leído que los hipogeos eran conocidos como hawánit…

—El vano, al menos en la actualidad, no se ve muy subterráneo que digamos —discutió Alejandro.

—Pues no te falta razón —aprobé—. También esta vez debe de haber una respuesta mejor43.

—Sin embargo, apuesto por ese enfoque, y no como exhorto simbólico nada más. En mi sueño —nos narró Íride—, me veo dentro de esa cueva, con una mujer tumbada sobre la tierra. Le dibujo una media esfera en el bajo vientre, con tierra y aceite de lentisco. Creo que lleva más cosas, pero no me percaté. Todo eso justo cuando la luna se planta con los cuernos virados hacia arriba. Es una metáfora para la fertilidad, para que se colme y rebose, porque se supone que está muy vacía para concebir, por eso necesita ayuda para llenar el hueco… y que la semilla fructifique…

—Nuestra particular «Casa de la Vida» —resaltó Alejandro.

—Un vientre pétreo que refugia simientes… —devané la idea—, donde hay mujeres que practican ritos de fertilidad… Me parece que sí, aunque con una impronta femenina mayor que en las instituciones egipcias designadas así.

—Y, entonces, pronuncié una frase, que deduzco ligada con algo de esto —coronó Íride su relato—, aunque ya es cosa tuya hurgar por esas marismas lingüísticas. Lo que he retenido es: Imirawen dawonian44 (esto último debe de ser muy antiguo, porque me tuve que hundir mucho para decirlo).

«hacia dónde corremos
si es así que sucede el vacío

ninguna vanidad resulta
más opaca al pasado
que aquella de alentar dos sueños»

Comenzaba a soplar un viento adusto que ascendía casi a ras de suelo desde la costa. Venía saciado, viscoso, mezcla de polvo y sal, improvisando tolvaneras bastante molestas para los animales y las niñas más pequeñas, que tosían y lloriqueaban desorientadas. Massusem regresaba de la Montaña de la Estrella cuando observó la vehemencia de aquellas batidas racheadas y no tardó ni un pálpito en comprender el riesgo que se cernía sobre la comunidad. Una furia tan corrosiva como imprevista denotaba premeditación, pero algo le decía que aquello sólo preludiaba males mayores.

—¡Qué forma de sacudir las esteras tienen algunos invisibles! —desdeñó una de las chicas.

—Tal vez alguien ha desatado fuerzas que ahora no sujeta o, lo que es peor, con propósitos que no quiero ni imaginar —temió la yerbera.

—¿Sabes algo? —inquirió la Maestra.

—En esos caminos, siempre de un lado para otro, oigo y veo cosas que me gustaría tirar al fuego obscuro del olvido —gruñó destemplada—. Me marcho al Norte.

—No sin antes contarme lo que sabes —porfió Hachiná45.

—¿Tanta es tu ceguera? —le espetó Imasan—. Quienes debieron evitarlo, han tolerado que la mala hierba se extendiera por todas las tribus. Incluso, gentes con un oficio sagrado como el tuyo han cooperado… ¡Qué digo! Si hasta se han dejado seducir por los bimbore46 y participan con fervor en sus ritos. ¿Acaso no los has visto postrados ante la mujer de madera? Dicen que es tu matriz estelar.

—Exageras el poder de los extranjeros —replicó la Maestra sin mucha convicción.

—Entonces no tienes razón para preocuparte —se levantó, tirando de un hatillo que retenía contra sus rodillas— y yo puedo irme con quienes no se quieren engañar.

—¿Piensas que el miasma de sus creencias no se va a disipar con tanta facilidad? —concilió Massusem.

—Ustedes mueven mayores capacidades que esta anciana para pesar la negrura que extienden los bimbore y ponderar cuánto afecta eso a la esencia de nuestras vidas —pareció amortiguar un tanto la acidez de sus amonestaciones—. Pero he visto a esa gente macerar su veneno y administrarlo a los mansos con voz melosa, hasta que han llegado a ser tantos y tan poderosos que ya no pararán, nada los detendrá. ¿Creencias? —se cuestionó retórica—. Poco a poco, te roban el pensamiento y te arrastran a repudiar la tradición que eres, porque, de lo contrario, significa que el mal te posee. Y he visto también cómo hacen sus purificaciones, cómo extirpan el mal. Porque sólo viven para un fin: dominar.

—Vete, si es tu deseo —cedió la Maestra—. ¡Estos desvaríos por un viento desacostumbrado!

—Nada que no hayan hecho algunos de los nuestros, atacados por la misma obsesión —objetó Massefa.

—¿Qué pasa, de pronto nos hemos vuelto todas locas aquí? —reprobó la Maestra—. Es preciso que nos mantengamos unidas en nuestra fe, de lo contrario no prevaleceremos.

—Nuestra fe sólo alienta en la Verdad. Y la verdad es que, en esta tierra, algunos fueron colgados por renegar de Dios —arrojó dolida la Maestra de la Luz.

—La misma camarilla que lleva tiempo fraguando con los extranjeros la dilución de nuestras creencias en sus símbolos y reglas… —reforzó tajante Massusem.

—Porque no sólo se han separado de Dios, sino que se han entregado a los vanos espejismos del poder… de este lado y del otro… —aguzó Massefa la crítica.

—Lo dicen ustedes —apuntilló la yerbera—, pero, hasta donde le han contado a esta pobre alma vagabunda, la condenación de los Hijos del Sol maduró antes de arribar esa plaga bimbore a nuestras costas…

El viento cesó de manera tan súbita como había caído sobre la escuela, pero casi hasta el punto de extinguirse el aire para respirar. Una tórrida opresión se apoderaba del invierno.

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38 Imasan, plural de ămasa, se usa aquí con el sentido de ‘semillas’, aunque admite también la acepción ‘orígenes’.

39 En notación filológica: Aghsəy, yəša Magheq. Que se traduce: «Revienta (o rompe), el Sol ha triunfado».

40 Ekkar-ətarăw (‘cumplimiento de la agnación’, lit. ‘realización del parentesco o herencia’).

41 En el original, se aprecian las grafías: ⵎ y E [girada 90º hacia la izquierda], que, en el sistema líbico-sahariano que parece haber imperado en la escritura insular, puede ser interpretado como: asu-za ‘entonces, lleva a buen término el embarazo’.

42 En el original: —, que cabe segmentar y traducir como: ănd(u)-im [n] afəzzi ‘llénate del resplandor (o iluminación)’.

43 Aggăni-t (lit. ‘lugar de aguardo o espera’, lib. ‘lugar para la esperanza’). Ḥwānet es plural árabe de ḥānūt, ‘tienda’.

44 En notación filológica: Imărawăn dəwənnəyăn. Que se traduce: «Los padres pasen larga noche».

45 Haššəna (‘he aquí el canto’), última rectora de la Escuela.

46 Wi-n-əborăy (lit. ‘Los del palo’), apelativo referido a la cruz de los cristianos.

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GALERÍA

Enclave (Cueva de los Canarios) e inscripciones alfabéticas citados

Cueva de los Canarios (Bandama, Gran Canaria).
Awenit.
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