IX. Tanemmirt (Gratitud)

La gratitud es una ofrenda del corazón en el
que han prendido la luz y el calor
recibidos de otra llama.
El agradecimiento representa una gracia del
Espíritu, que nos recuerda la identidad compartida
con el resto de los seres vivos y la necesidad de
cultivar correspondencias libres y creativas
para preservar el desenvolvimiento de
cada manifestación de la divinidad.

—¿Se ha fijado, compadre? Usted echa la carnada, la palometa pica y sólo tiene que darle liña y dejar que se canse, y ella vira p’allá, tira p’abajo —reía con ganas el viejo sobre el noray más ferrugiento del malecón roquero.

—¡Qué le gusta la picardía, bandido! —le devolvió una risotada gutural otro anciano que fumaba contra el viento recostado sobre una improvisada meseta de nasas, boyas y trasmallos—. Pero igualito que hace la vida con nosotros, ¿oyó?, que encima nos tragamos el anzuelo pelado como si fuera un manjar.

—El cambio de luna traerá reboso —anunció el pescador sin mirarme, apurando el perfil y la faena en la costumbre.

Recogí el tejuete57, me despedí de los hombres y abandoné la ensenada de Los Cueros, como mis amigos de la sal habían bautizado aquella playa nudista. Me molestaba la vieja herida de la pierna, pero prefería no dejar que la obscuridad circundara mi ascenso hacia la Atalaya del Este. La noche se hizo fría. Todavía no terminaba de colegir muy bien qué estaba persiguiendo allí.

Las horas me custodiaban intrusas. Turbado, tenso, impaciente, presentía amenazas en la hosca penumbra que arrastraba, pero también esa definida sensación de protección que me acompañara en todas las ocasiones de peligro a lo largo de mi vida. «Está en la naturaleza del agua corromperse cuando piensa que se basta y deja de buscar», ausculté las voces de mi mente una vez más. «Sabiduría humilde, distancia consciente, pero no rechazo», me había prevenido el Maestro.

Desperté intranquilo. Caminé con cierta urgencia hacia el abismo y aguardé el amanecer sentado muy cerca del vacío, concentrado mucho más allá de las rompientes, en un horizonte que una luz naciente disputaba ya a la espesa negrura de la incertidumbre. Me gustaba el húmedo y perfumado desperezo matutino del campo, pero el alba marina siempre me había sobrecogido.

Los ojos se me aguaron con la aparición del sol, aunque no podía ni quería apartar la vista de aquella caricia luminosa que poco a poco me serenó por entero. Una pupila negra giraba dentro de la esfera, como la boca de un remolino infinito que derramaba calmas olas blancas en un cielo que parecía detenido. De repente, una constelación de colores vivos y cálidos irisó aquellas venas radiantes. Creí reconocer entonces la imagen genuina de un sol con alas extendidas. Ra… Magheq…58. Y las raíces del astro comenzaron a rotar ahora en espiral hacia mí hasta tejer una especie de canal violáceo que se adhería a mi corazón.

El día fue agotador, aunque aquel paisaje siempre tuvo algo apacible aun en lo agreste. Había necesitado toda la vida para entenderlo, quizá más. Pero nunca dejó de estar ahí.

Por más que errara, subsistía un motivo fecundo. «Uno es náufrago de sí mismo, esperando mensajes cada amanecer », recordé consolado las palabras que Íride vislumbrara una de sus noches de trance. «Pero deja que la luz te desborde la consciencia y volverás al vientre del destino; deja que la luz ilumine quien eres y renacerás fuera del tiempo».

—Basta rendirse, hermano, ofrecerse sin disculpas furtivas al enigma verdadero —comentó Tilar—. Suelta la talasa59 y vuela. Todo está bien. No pretendas gobernar las olas. Acepta y aprende en silencio. Te esperamos.

Ahora ya podemos reencontrarnos, Maestro, sin risa ni llanto, al filo de un sueño de silencio… Tanemmirt, Tanure, tanemmirt tewit sul aghrud60.

«sin embargo
nos crecerán auroras
entretanto
con pequeñas audacias
silvestres y un viento
tenaz como la tierra»

—¡Ah, cómo echaba de menos la melancolía retórica de mi tío subversivo! —suspiró Clara, haciendo ademán de llevarse las manos al pecho para exaltar la emoción, como en las películas antiguas, mientras Irenia, Íride y Alejandro reían la ocurrencia y seguían distribuyendo los cubiertos por la mesa.

—¿Sabe usted, joven, que eso es casi como llamar pedante nada menos que al Hijo del Sol? —le inquirí para prolongar la broma—. ¡Qué poco aprecio tienen por su vida estas brujas dormidas de hoy!

«basta un golpe
de aire sin mareas
para romper
el torso nítido del fuego
y clavar los hombros
a las huellas
que enhebra la angustia

no hay razón concéntrica

como el dolor
no tiene otro volumen
que la ausencia

como el temor
no tiene otra extensión
que las mordazas

como el silencio
no tiene otra textura
que la herida

si aprendemos
en los ojos batientes
de la memoria armada
el verdadero curso
de la sangre que se yergue»

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57 Texəwəttət (lit. ‘objeto suspendido’, p. ext. ‘zurrón’).

58 Ra (egipcio) y Magheq (ínsuloamaziq), denominaciones del Sol sacralizado.

59 Talaẓa (lit. ‘clavija’, p. ext. ‘manija o palo que acciona el giro del molino manual’).

60 En notación filológica: Tanəmmirt, Tanure, tanəmmirt teggît s-əwəl aghrud. Que se traduce: «Gracias, Tanure, muchas gracias de todo corazón».

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Foto: Nayra Jiménez (2020).

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