IV. Alwa (Felicidad)

Expansión del alma cuando el ser realiza
la cualidad o misión que define su viaje,
cuando desarrolla y comparte los bienes
sutiles que, en su silencio interior, le
irradia la semilla autoconsciente
del Espíritu.

—Irrumpe en primavera y crece con la luz, pero la vida se incuba en las sombras —prosiguió Massuder25 su lección—. A todas nos gusta disfrutar de la tibieza del sol cuando hemos pasado una ingrata noche de invierno, pero ansiamos esa frescura cuando el calor del verano nos asfixia. El fuego igual que la tormenta, el silencio igual que la rama o ese inquieto folelé26 de allí igual que Guayota27 y los genios sólo siguen su naturaleza. Tienen su era en los ciclos, pero hemos de rehuir que nuestros cauces converjan.

—No entiendo bien eso, Maestra, parece una condena —intervino contrariada una de las jóvenes—. ¿Significa que todo ha sido y será para la eternidad como es ahora?

—La tierra es la misma tierra durante el día y durante la noche, cuando nosotras la hacemos parir o cuando el mal la enferma. Las circunstancias no causan el ser, porque es el ser quien se piensa…

—Pero la semilla fue planta; luego, grano; después, harina, y mañana… ¡Ay!, lo que devolveré mañana a la tierra ya no será comestible… —bromeó una de las chicas entre las risas de la corte de maguadas28 que orientaba la Maestra del Renacer.

—Sin embargo, hijas —añadió Massuder mientras delineaba una espiral en el aire con su elegante vara de acebuche—, para esta sucesión de los días o en cualquiera de las regiones invisibles, cada ser o cosa creados sigue un movimiento eterno, un torbellino que despliega y concentra sus giros en una danza que ni principia ni concluye, tan sólo transcurre, aunque la magia del tiempo nos induzca a pensar que juntamos viajes como cuentas de collar.

—Lo siento, Maestra, mi cabeza pertenece a la duda todavía —volvió Misdet29 sobre su reparo—. ¿Sé que soy la misma aunque pierda un brazo o incluso las ganas de saber, pero no recuerdo haber tenido otros cuerpos ni otras vidas?

—Seguro que has visto tu imagen reflejada en nuestro Egaete30 —planteó la más anciana de las instructoras—. Allí, en las aguas, hay algo tuyo cimbreado por las ondas con las que a veces el viento juega a deformarte y rehacerte. Hasta que esa visión prendida en la nada desaparece, muere cuando te marchas. Y otro día, en otra siembra de audacias, bajo otra oleada de infortunios y templanzas, resurge justo al asomarte de nuevo al devenir, cuando has decidido volver por las necesidades que te hayas dado. No somos ningún cuerpo y fuimos todos los cuerpos, no somos esta mente porque somos todas las mentes, la mía, la tuya, las nuestras. Nimias efigies de una luz indivisa y eterna que fluyen vacilantes en una corriente sin destino…

El trovar del día deambulaba cordial entre los balos31, retamas y tabaibas florecientes, rumor de abejas laboriosas y gorjeos silvestres, lozas de ordeños ya prestas, morteros tenaces y avíos rutinarios, travesuras infantiles y enseñanzas antiguas, cadencia vernal cierta y voluble que expandía fragancias e ilusiones.

—Vences, flameas, cuando ya no precisas rechazar nada —le reveló Massefa32 antes de acercarse la infusión a los labios—, cuando te haces consciente del secreto: somos el misterio que indagamos, hija mía —le confió—. Observa cualquier planta. Mira cómo extiende sus raíces para hallar arraigo y comida en el suelo donde fue convocada por la fortuna. Pero todo el afán de su rumbo consiste en elevarse hacia la luz que es, que siempre fue, cuando era simiente, hoja, fruto e incluso cuando nos da sustento, porque así ocurre cuando viertes agua en el agua. El tallo, la roca o las nubes, la piel, el pájaro o las estrellas, Tilelli33, esa inmensa y adorable creación que nos contiene emana de una sublime explosión de luz divina.

—Comprendo. Ashaman34, ¿verdad? —se adelantó la joven iniciada.

—¡Qué imperfectas nos hacen las palabras! —se lamentó la Maestra de la Luz—. Nuestra lengua preserva la impalpable melodía sagrada, el latido inefable de la voz celestial, pero cuánto nos hemos enredado en los sentidos, los significados, las imágenes que elaboramos para digerir con la mente lo que antes gozábamos con el corazón.

—Lo lamento, Maestra, debí decir Walet35, nuestra madre estelar —se disculpó Tilelli.

—No lo has entendido todavía —le reconvino Massefa desde una piedad cada vez más lejana—. Aprende bien este otro secreto que pongo ahora ante ti —anunció a su adepta con el semblante distraído: «Sólo existe el Espíritu, que es el creador y la creación, porque es la esencia, la causa, el origen pero también la simiente y el cuerpo en el que engendra con la voz de su mente infinita».

—Pero… entonces… ¿Figuramos nuestras creencias? —murmuró consternada la muchacha.

—Aquieta el ánimo —la contuvo— y escucha más allá de los preceptos —acentuó—. Esto debes recordar: «En el mundo, el ser experimenta la ausencia de Dios, se priva de Dios y se abandona a la razón, las emociones, los sentidos… Nosotras, como el resto de oficiantes, cuidamos la vereda del retorno, tutelamos la llama de la salvación. Todas esas… figuraciones divinas son reales, pero ninguna existe separada del Creador. El Espíritu es la estrella matriz y es la luz, el universo y el éter, lo visible y lo invisible. Nombramos la cualidad, la manifestación; le damos un género, una entidad a esas… formas, sólo porque la comprensión humana ya no palpita en la verdad y requiere ideas sencillas para fingirse guía de su destino y aplacar la ofuscada soledad infecunda en la que se disipa».

____________

25 Massa-əsudər (‘señora del sostenimiento vital y de la resucitación’) es nombre creado para esta obra.

26 Folelle (‘libélula’).

27 Wayəwta (‘el Destructor’), entidad maligna.

28 Mawaḍ (‘adolescente’, ‘joven virgen’), concepto documentado en Canarias con referencia a las muchachas que eran enviadas a escuelas de iniciación, donde, aparte de ser preparadas para la vida adulta, recibían formación mística y participaban en los ritos purificadores y propiciatorios.

29 Təmisdăt (‘delgada’).

30 Egăḍe, en la tradición tuareg continental, es el nombre de una charca en el Paraíso y de un río legendario.

31 Aballāw, arbusto de la familia de las Rubiáceas (Plocama pendula).

32 Massa-ăfa (‘señora de la luz’) es nombre creado para esta obra.

33 Teləllit (‘libertad’), además de usarse como antropónimo, este concepto se aplica también a cualquier persona, animal o cosa de calidad superior, así como a un signo fasto o venturoso en geomancia.

34 Aššaman (lit. ‘el Centelleante’, p. ext. ‘Dios’).

35 Walăt (‘Canopo’), estrella primordial que, según una tradición norteafricana ancestral bien atestiguada en la cultura amaziq continental e insular, habría dado origen al universo a partir de su explosión.

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