III. Temezzit (Curación)

Concebida la enfermedad como cierto grado de
desajuste o desequilibrio entre el ser y el espíritu,
la verdadera sanación demanda un realineamiento
de las dimensiones humanas y divina, el doble
Sol que experimenta en el tiempo. La curación
empieza por recordar a la consciencia que la
Luz es el principio de la vida: «Afa iman».

Jamás se supo. Tendría apenas un par de días cuando el minúsculo revoltillo de pieles fue depositado muy temprano ante la cueva de Tanure, quien, como cada mañana, había subido hasta el oratorio de la colina para recibir al Sol. No estaba protegido por ninguna tarha17 ni se habían dejado huellas o cualquier otro indicio que permitiera rastrear su origen. El maestro lo alzó del suelo y comprobó que estuviera bien. Era un niño sano, tranquilo, de mirada afligida pero cálida, tal y como lo había visto en su sueño, tal y como lo había recogido en una ya lejanísima fecha junto a la puerta de su modesta choza de adobes en las tierras de Imentet, donde las aguas del Iteru, encendidas durante todo el día por el astro dios, se acercaban más a los dominios de Hu18. Por última vez, acunaba de nuevo en sus brazos al pupilo que el destino le encomendara miles de años atrás, antes incluso de la Gran Lluvia que abismó el mundo. «Ini-Herit19» —rememoró el todavía joven maestro el nombre verdadero de la criatura, la expresión secreta de su ser, a quien sabía que en esta ocasión debería ver partir hacia su destrucción.

«De momento, te llamaré Tilar —pensó—. No evitará que el mal te reconozca tarde o temprano, pero nos dará tiempo para salvar tu bondad, sin la cual nunca regresarás por entero de las sombras».

Austero en el atuendo, las formas y el carácter, delgado y grave como un tronco de aderno al que le hubieran tostado la corteza, se resistía a lucir otro signo externo de su condición que no fueran una barba negra algo filosa y una tarha sacra colgada del cuello. Ni largos cabellos trenzados ni gorro ni tatuajes ni más aderezos litúrgicos que unas bolsas con sal, hierbas y, por supuesto, la Piedra. Decía, y nadie que mirase en sus ojos se hubiera atrevido a refutar esas palabras, que «el espíritu no pertenece a sus cuerpos o a las leyes humanas, porque nunca podrá ser anudado un albor en la fuente». Su cometido, había declarado a cierto mandatario religioso tan desconfiado de su misticismo como de su libertad, consistía en «curar el sendero hacia la Luz para el conjunto de la comunidad, al margen de la peripecia social que, antes de encarnar, cada cual escogió vivir para desarrollar su búsqueda». Tanta integridad atesoraba en su conducta y en su juicio que desde el pastor más humilde de la isla hasta los brazos más inmundos de la Muerte en la sangre reverenciaban la santidad de su nombre. «Tanure, tigor enenagh»20 —repetían todos ante una adversidad—, aunque los magnates creyeran que, como sucedía con ellos, esto era debido sin más al temor que suscitaba su posesión de la Piedra. «La envidia —se cuenta que solía apostillar, no falto de agudeza, un anciano jefe tribal— siempre ha sido más poderosa que la necesidad».

Un hombre, no cualquier hombre, claro, sino el enérgico y astuto mencey21 del Norte, cuando aún no se había forjado una opinión concreta sobre él, le quiso recordar la jerarquía política que sus antecesores habían acatado. Imperturbable, sin énfasis, con la voz áspera aunque nítida, Tanure le hundió en la soberbia el origen homicida de la legitimidad que detentaba.

—El poder deviene de la fuerza, Kebeghi22, la autoridad concierne al saber creador —arguyó escueto—. El bien de la sociedad aconseja que corran juntos. Pero ni tu misión ni mi destino fueron concebidos… gemelos —dejó que la velada referencia al crimen familiar prendiera el odio del que pasaría a la historia como el más heroico de cuantos gobernantes hayan regido en la isla.

«Ninguna materia delicada debe abordarse si no circula agua muy cerca» —recomendaba una vieja tradición popular—, «pues la tierra está para retener la simiente y dar frutos a quien los quiera aprovechar» —se mordió la vanidad para frenar su ira, consciente del error que suponía haber forzado la situación sin un cálculo minucioso de las posibles consecuencias. No podía acallar a un merak23; con un sacerdote o un consejero, por relevantes que fueran, no le temblaría la mano, pero a un legítimo enviado de Dios…

«en vano finge la existencia quien olvida
el futuro tiene orillas recientes
y una urgencia metálica en el paso»

—Lo siento, Maestro, lamento no haber sabido controlar mis deseos, mi arrogancia —admitió Tilar con aire sombrío.

—Si el corazón y la mente viven escindidos, no podrás encontrar el camino —alegó el insigne tutor del muchacho, sin aparentar mucha preocupación por la angustia de su discípulo.

Entre tanto, acercó las manos al fuego y las movió despacio, como si estuviera separando los pétalos de una flor. Musitaba alguna letanía particularmente dulce, casi una cancioncilla, mientras las llamas parecían reconocerle y le dejaban hacer sin quemarle.

«Intitinamagh intah intinagh»24, creyó descifrar un aprendiz tan atónito como confiado siempre en la honesta y sorprendente pericia de su maestro, el último que portaba la Piedra de la Creación, el mismo que había devuelto la dignidad a su linaje al terminar con las componendas políticas.

De pronto, el hombre sagrado se detuvo, clavó una mirada inexpresiva en el centro de la hoguera e introdujo en ella la mano del poder…

El joven dejó de respirar. No podía apartar la vista de lo que, por momentos, se tornaba una especie de espejismo incandescente. Incapaz de pensar en nada, sólo admiraba abstraído imágenes de un mundo que en modo alguno alcanzaba a identificar. Hasta que encontró sus ojos al otro lado del fuego, aquella ternura triste que curioseaba tan a menudo en sus pesadillas.

El Maestro descansó una mano sobre el hombro del muchacho, procurando que la sintiera para hacer que volviera. Fascinado, el chico giró la cabeza hacia su protector, que, colocado a su lado, de pie, contemplaba su estupor con expresión paternal.

—Si no decaes en la búsqueda, aunque pierdas el camino más de una vez, aunque dejes a tu sombra guiar tus manos, tus labios, tus ojos, el anhelo de la verdad vivida se impone a todo y un día te impulsará de nuevo hacia la Luz. Para nosotros, el valor reside en saber ser —sentenció sereno, como si quisiera tallar las palabras en su hijo espiritual—. Vamos, ahora entra en la cueva a descansar y déjame el alma tranquila…

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17 Tarha (‘inscripción’ o ‘divisa’) tatuada o pintada en personas y pertenencias para su identificación social (en los planos terrestre e invisible) y profilaxis mágica.

18 Imentet (‘poniente’), planicie donde se localiza la necrópolis de Guiza, en la vertiente occidental del Nilo o Iteru (‘río’), enclave también de la Esfinge o Hu (‘vigía’ o ‘guardián’).

19 Ini-Herit (‘El que regresó de lejos’), antiguo nombre egipcio.

20 En notación filológica: Tanure, tigărt-nnănăgh. Que se traduce: «Tanure, nuestra eminencia».

21 Mənzəy (‘principal’), hombre que ostentaba la más alta jefatura en la sociedad amaziq de la isla de Tenerife.

22 Kebegh (lit. ‘cabellera abundante’, fig. ‘César’), título de dignidad reservado al mencey.

23 Ǝmarak n Aššaman (lit. ‘colaborador próximo de Dios’).

24 En notación filológica: Inṭăṭi n ammagh ăntăh enəṭṭi-năgh. Que se traduce: «El comienzo de la comprensión comienza nuestro comienzo».

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