I. Saruf (Perdón)

La huella del error pesa en el alma, pero
ni el rencor ni la culpa devuelven la paz
al espíritu. Ahora bien, corresponde al
ser llevar la voluntad hacia la virtud,
tanto para pedir como para dar perdón.
El acto sincero compromete para
siempre el corazón.

Caminamos en silencio hacia la cueva. La boca era apenas visible ahora, cubierta por una vegetación que las últimas lluvias habían avivado. Aunque dos escapos de piteras, uno de ellos vencido por temporales de otros años, celaban como siempre la entrada. Había estado allí antes muchas veces, pero nunca sentí el lugar tan inhóspito y debilitado. Comenzaba diciembre, más desapacible que frío. No costaba percibir que las sombras rondaban con urgencias la puerta del solsticio.

Deghesem nul nashaman —recité mentalmente—, nek, Tanure, tigor en teushet en Magheq, etureghes Ashaman arainnet. Guannul nekale, harul nequr. Guaya nefan timan…4.

—Y ahora vuelves con palabras bonitas –interrumpió la Maestra mi oración de saludo—. Ya no sirven de nada. Ustedes vinieron prometiendo ayuda y sólo hicieron la guerra. Hasta de los animales recibimos más sosiego. Cántara isintá iná5.

—La invasión nos tuvo que desbordar —traté de explicarle a Íride mientras nos dirigíamos de nuevo al coche—. No pretendo justificarme. Al parecer, hacía tiempo que nuestra hermandad obedecía preceptos más políticos que espirituales, quién sabe si no sólo como consecuencia de la guerra. Pero aquella situación atroz, aquel redoble anhelante de la furia terminaría de confundirnos. Una vez que la conveniencia quiebra la virtud, la holgura sólo depende del uso. Por lo que sé, ellas también aceptaron en la escuela a muchachas cuya única cualidad era su posición social. Todo se desmoronaba y no supimos regresar. Perdimos el corazón tratando de conservar la vida, imagino.

Tomé unos folios de la repisa y me senté a escribir. El teclado del ordenador se me antojaba demasiado impersonal para pedir perdón. Ellas oirían igual mis cavilaciones, de eso estaba seguro, pero, de alguna manera, quería escenificar con aquella pequeña ceremonia ungida en tinta lo que ese momento tan especial representaba para mí. «La voluntad determina la naturaleza del acto, pero el ritual lo formaliza», surgió de pronto uno de esos pensamientos que a veces me asaltaban sin ser capaz de entallar su origen.

Y comencé a redactar las líneas que quizá me hayan devuelto a mi destino. Abrumado, conmovido, pero también extrañamente calmado, con la sola fortaleza que depara la constancia de la derrota. Aunque ahora recuerdo que el mismo sentimiento ya se me había presentado siendo muy joven, cuando un mal paso me dejó colgado de espaldas en un precipicio. Aprendí entonces que el desenlace importa menos que la réplica ofrecida al desafío.

Tienen derecho a sentirse así —admití en mis primeras palabras—. No importa el tiempo transcurrido. Ahora vivo otra existencia, pero, si eso carece de importancia para ustedes, poco más me queda que asumir el error del pasado. Desconozco si podré enjugarlo y hasta dónde, pero mi voluntad es intentarlo. Por descontado, tampoco se me ocurre solicitarles ayuda en este proceso, pero confío en que me hagan saber cualquier objeción que les inspire. No se me escapa que la ignorancia resulta a menudo tan nociva como la maldad.

Quizá les sorprenda, pero no recuerdo nada. Salvo cierta sensación de culpa que me ha acompañado durante toda esta vida, y que tampoco puedo vincular con seguridad sólo a aquella época, los detalles de los acontecimientos que protagonizamos entonces son un misterio para mí. Hechos, razonamientos, decisiones o sentimientos permanecen, supongo, en algún rincón de esa memoria que parece perdurar más allá de cada encarnación, pero ni siquiera tengo idea de cómo acceder a ella. Por el momento, no cuento con más certeza que el desprecio de ustedes.

—No puedes verlo así —rezongó Alejandro cuando le expuse el argumento del mensaje—. Primero, ellas también tendrán sus historias turbias. ¿Desde qué altura moral se permiten enjuiciarte? Pero, además, no somos responsables de lo que hicieron otras ediciones nuestras en una vida anterior. ¿Qué somos, ¡eh!, marionetas correteadas por otros, siervos del algún yo que engorda en la tramoya?

—Sin embargo, siento esa culpa adherida por completo a las entrañas —respondí cansado—. Nunca antes he vivido tanta tristeza. ¿Cómo dar la espalda a esa pena, al dolor de saber los alientos que frustramos? Porque el error que sólo afecta a uno mismo, en fin, es tu equipaje. Pero cuando alcanzó a otros, y nada menos que a su trascendencia… Se supone que fuimos para, por encima de todo, proteger su tránsito, preservar, como poco, su regreso a casa.

—Ya sabes lo que Ellos nos han repetido alguna vez: ¿Maitarak ashitá?6 —recordó Íride, molesta en el fondo ante esa idea de tener que vivir condicionada por las consecuencias de unos actos que la muerte no habría evanecido—. «¿Desde cuándo beneficia el sentimiento de culpa?» —tradujo, con el tono severo y suspicaz de quien se exige orfebre único de sus pasos.

—Desde que te ayuda a disponer el ánimo para aprender y rectificar —maticé—. La mortificación atiza un exceso que consume, en eso estamos de acuerdo, pero, como yo lo veo, la consciencia del mal debe estimular la búsqueda del remedio, que de poco sirve si se queda en una especie de exorcismo y no se integra al surco cotidiano de las razones del alma.

—«En el alma se esconde el tiempo. No es más que el archivo de vidas pasadas. Míralo, consúltalo y apréndelo, y luego ciérralo» —evocó Alejandro la recomendación que nos había brindado, justo en esos días, uno de aquellos espíritus que amparaban nuestros pasos.

—Y siempre así, parece, uncidos a una estela que no reconocemos —proseguí con algo de resentimiento.

Porque todo cuanto creíamos tener era aquel enlace de Íride con las voces del Más Allá, algo que unos años atrás hubiéramos disuelto entre risas y tragos, con la suficiencia racionalista que disponen las convenciones sociales dominantes. Sin embargo, fueron apareciendo sueños, seres, consejos, dudas, historias, revelaciones, advertencias y recriminaciones también. Una realidad que la formación cristiana de Íride afrontaba entre el escepticismo y la responsabilidad, acuciada tanto por la intriga como por las tinieblas y temores, más o menos inducidos durante generaciones, que han ido distando al ser humano de su espiritualidad.

—¿Cómo puedo sondear la intención, cómo puedo certificar el contenido de esas comunicaciones o visiones o… ¿ensueños? o lo que sea, cómo puedo saber que no son elucubraciones o delirios de mi mente calenturienta? —se preguntaba con frecuencia, en particular cuando se sentía más agobiada por nuestras expectativas… y las suyas.

Pero la validación llegó pronto. Aunque todavía hoy carece de verdadero control sobre esas experiencias, no tardó en vivir algo insólito: algunas de las escenas que veía mostraban la vida en las Islas con anterioridad a la ocupación europea, captando en ocasiones palabras y frases que, lejos de haber nacido en su imaginación, pertenecían a la lengua nativa, la milenaria lengua de los pueblos amazighes, ininteligible para ella, que yo había convertido en uno de mis desvelos principales desde chiquillo.

Ahí empezamos a exhumar fragmentos de nuestro pasado y, de alguna manera, también aquella antigua noción de lo real donde la densidad material del discurrir humano conjuga y transita estados más etéreos, territorio de las vidas que fuimos y teatro invisible de otras consciencias más elevadas. Un matiz que Íride aprendió a discernir de manera casi física, pues el contacto con los muertos le causaba cierta pérdida de energía, justo lo contrario de lo que le ocurría con seres de mayor vibración espiritual, por decirlo al modo que descubrimos en los libros, para nuestra sorpresa, no sólo de periplo más esotérico o religioso.

«he incendiado
los ojos de la brisa

el hombre

justo en la comisura
de la sangre

amanece memoria
velando los espejos»

—¿Tú crees que Egná estuvo en mi vida antes de esta? —le asestó Irenia a su hermana mientras paseaban sin excusa bajo la arboleda desierta de la avenida.

Y algunas piezas del puzle, clavadas en la ceguera mortecina del olvido, rodaron solas hasta encajar enojos, aprensiones y pesares, como esas mareas de voces, llantos, ansias o denuedos que de pronto comienzan a hervir hasta sangrarnos y desbordan el letargo indiferente y medroso donde hicimos que fondearan.

—Mi hermana, o esa memoria que nos sobrevive, no sólo te censura a ti sino a ella misma —me aclaró Íride—. Por lo visto, piensa que no estuvo a la altura, que sus conocimientos y capacidades no fueron suficientes para elevar a las niñas. ¡Dios mío, cuánto se parecen ustedes! Siempre torturados y enfadados con el mundo…

—Si me lo permites, Irenia, quisiera que llegáramos a cerrar la herida de forma constructiva —le propuse, confiado en que su rectitud moral nos indultaría a los dos—. Cómo vamos a dejar que la culpa… o el rencor nos lleven a malograr esta oportunidad, temo que irrepetible, para reconstruirnos. Nos gustaba tanto ser quienes éramos, eso ya lo podemos aceptar, que aún alentamos inclinaciones similares. Pero diría que estamos obligados, entiendo yo, a recuperar la mejor versión de nosotros mismos. Con todo el corazón, espero que en algún resquicio de… flaqueza llegues a perdonarme.

—Tampoco yo recuerdo nada —concedió Irenia—, pero ahora sabemos que hay respuestas en alguna parte, que podemos recorrer esas heridas hasta descifrarnos. Si tuviera que perdonar algo, sólo deseo hacerlo. De saber cómo, lo habría hecho ya. El encono y la culpa nos disminuyen, nos atan a un destino que fue, nos impiden, es también mi opinión, recobrar un trayecto mejor iluminado para nuestros horizontes. Sin olvidar, por supuesto, que el error nos dará siempre la medida de los confines interiores que hemos franqueado.

—Esto nuestro, compañera… como verse en un espejo —añadí con media sonrisa y un alivio todavía endeble—. Difícil producir algo saludable alejados de lo único que nos rescatará de nosotros mismos, la bondad. Esa efusión superadora, correctiva, que rivaliza contra nuestros rigores como lo hace la luz recluida por las sombras: aguardando su edad para infiltrarse por la más leve rendija que dejen las razones.

—Fuera de las tantas evasivas, coartadas y falacias que enreda la mente sin descanso para acomodarnos a la desidia —completó Irenia—. Bondad que emerge de un sentimiento, cada vez más fuerte, o así lo abrigo yo al menos, de identidad compartida, de esencia común, y por la que el perdón o la gratitud y, por qué no decirlo también, los afectos que dispensamos revierten, enriquecidos, a la mano que los tendió —ultimó Irenia, con el acento firme y templado que solía imprimir a todas sus emociones.

—Porque nosotros sabemos que hemos vuelto para sanar, algo diferente a pegar pedazos con palabras pautadas —aduje, ahora menos encogido—. Igual que en ciertas células del organismo se expresa una magia natural que regenera los tejidos dañados, el perdón y la gratitud que nacen del corazón nos llevan a vivir un poco más cerca de Maat7 —añoré casi conjurando.

—¿Y qué piensas hacer ahora, buscarnos a todas una por una para que te absolvamos? —dijo medio en serio, antes de abrir la puerta a los primeros invitados que llegaban a la casa de su hermana para el almuerzo de año nuevo.

«y parece posible
vivir
desde otro siglo
venir
desde otra estela
mecer hasta la pena
el alcance antiguo de la daga
y consumir el error decentemente
para que no persigan las aguas los sentidos»

—«Escribe con esas letras ajenas que ahora usas lo que refleja tu alma —oyó Íride de nuevo—, pero no pienses que las cosas cambian con vidas que pudieron ser. La responsabilidad comienza con aceptar las decisiones, la culpa sólo se expía cuando se prepara el corazón para recibir nueva luz».

____________

4 En notación filológica: Dăgh ăsem n əwəl n Aššaman, năk, Tanure, tigor n tăwšet n Magheq, ətturăgh s Aššaman aray-nnet. Wann ul n ăkal, har ul n ăqqur. Wayya n ăfa ənt iman. Que se traduce: «En el nombre del corazón de Dios, yo, Tanure, oficiante de la tribu del Sol, pido a Dios su bendición. Desde el corazón de la tierra hasta el corazón del cielo, el Espíritu de la Luz eterna es la vida».

5 En notación filológica: Ukan əttar-a ăsănḍa inna. Que se traduce: «Penosa sorpresa esta oración que él ha dicho con el nombre de alguien respetado».

6 En notación filológica: Ǝmmăy-d tarak assita ?

7 Antigua diosa egipcia, Maat (Mȝˀt) personificaba la verdad, la justicia, la virtud, el orden, la armonía divina y, a su imagen, también la mundana.

Crea tu sitio web con WordPress.com
Comenzar
A %d blogueros les gusta esto: